viernes, 28 de enero de 2011

Los Mil y Un Reflejos

"Yo que sentí el horror de los espejos no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable, un imposible espacio de reflejos..."
Los Espejos, Jorge Luis Borges.

Hace mucho, mucho tiempo, durante la primera infancia de nuestra civilización, la gente contaba historias.
Estas historias con sus adaptaciones locales y temporales se han repetido una y otra vez, de padre a hijo y de maestro a discípulo, formando el tesoro de la philosophia perennis de la humanidad.
Agradezco a Swami Chidvilasananda, la gran maestra del linaje de los Siddhas, haberme transmitido la historia semilla de la que surgió esta narración.

Cuenta una antigua leyenda china, que una vez un sabio emperador perteneciente a la dinastía Han mandó a construir en los jardines imperiales, a orillas del río Quian, un pabellón cuyo interior estaba totalmente recubierto de espejos.

Cuando la obra estuvo terminada, el emperador, complacido con su proyecto, pidió a su Primer Ministro que abriera sus puertas a todos los habitantes del imperio para que pudieran disfrutar de este gran calidoscopio y sus mil y un reflejos.

El primero en descubrir el nuevo pabellón fue Xiao Shanbo, el joven Dragón Imperial, quien se había escapado de su guardián para cazas libélulas, su golosina preferida. Xiao Shanbo meneó su cola feliz, a la luz del sol sus escamas brillaban como esmeraldas, sus acuosos ojos verdes titilaron entusiasmados. El dragón lanzó un chillido de alegría, waakkkk, reduciendo a cenizas la copa de un cerezo en flor en el portal del pabellón. Atravesó el atrio del templo, desplegando toda su magnificencia. Este era un lugar digno de Xiao Shanbo, el Gran Dragón Imperial. Vanidoso, llevó su mirada al cielo y ...¡Oh sorpresa!, un dragón lo observaba desafiante desde el techo. Sus escamas se erizaron y su cola se puso en guardia. Su enemigo redobló la guardia también. Pensó en escapar, pero ...¡Oh sorpresa nuevamente! Estaba cara a cara con otro dragón. La hilera de astas doradas alrededor de su cara, se tornó púrpura. Sintió una presencia a sus espaldas, giró rápidamente y ...¡Otro dragón más en la retaguardia! Xiao Shanbo, gritó y pataleó en un pseudo alarde de valentía. Decenas de dragones a su alrededor espejaron su envestida, lanzando también su aliento ácido sobre Xiao Shanbo. El Dragón Imperial abrió su boca, furioso, y vio por un momento el interior de la boca de del contrincante frente a él: era una cueva muy, muy larga y muy, muy oscura, ...la rabiosa lengua bífida y viscosa chorreaba una sustancia verdusca realmente repugnante. El joven dragón se enardeció. Los fuegos del infierno ardían dentro de sus fauces. Cientos de labios rojos flamearon por doquier. ¿Qué ejercito de dragones osaba desafiar a Xiao Shanbo, el último Bola de Fuego Chino? Pero si había otros Bola de Fuego, el ya no era todo lo especial que siempre había creído ser. Xiao Shanbo entró en pánico. Tres toneladas de pánico. “Los verdaderamente hábiles en la guerra someten al ejército enemigo sin batallar” recordó Xiao Shanbo. Y así, siguiendo el consejo del sabio Sun Tzu, maestro en el arte de la guerra, metió su cola entre las patas y voló fuera del templo. Aterrado, se atrincheró detrás de un promontorio de rocas negras, esperando que la estampida de dragones lo aplastara sin compasión. Xiao Shanbo esperó y esperó, elucubrando nuevas estrategias de combate. Pero nada sucedió. Aturdido, regresó al Jardín del Dragón Imperial. Sus escamas lucían opacas, sus ojos desorbitados. Enroscado en su larga cola, llena de espolones, se apoltronó sobre un gran almohadón bordado en seda y oro y, agotado, se durmió.

El siguiente visitante del salón de los espejos fue el anciano maestro Lau Nai Süan, Abad de la Orden de Sabiduría Ancestral, quien se dirigía a meditar junto al Estanque del Pez Dorado. El nuevo edificio llamó su atención y decidió explorar. Al entrar vio una gran cantidad de ancianos de blanca barba y larga cabellera, kimono de seda marrón, y bastón de madera que le sonreían con amabilidad. Miró a su alrededor y la escena se multiplicó…sonrió satisfecho. Cientos de ancianos le respondieron dibujando una benévola sonrisa en sus avejentados rostros. Lau Nai Süan, se reconoció a si mismo en los mil y un reflejos que lo rodeaban. Una carcajada estrepitosa reverberó en el Gran Salón. El Abad se sentía feliz. Y su felicidad se multiplicaba cuantas más imágenes de si mismo descubría. Lleno de humildad y agradecimiento elevó esta antigua plegaria al cielo:

“Oh sol dorado en el cielo azul, impulsor de todo lo que vive,
Concédenos el don de la vista
Que las mas altas cumbres, libres de nubes,
Nos bendigan con su sabiduría y visión,
Que el creador mismo ilumine nuestro corazón,
Que resplandezca a través de nuestros ojos…
…Oh sol magnificente, hermoso de contemplar,
Que aprendemos a ver y veamos claramente con estos,
Nuestros ojos mortales, nuestros ojos humanos”

Y así, orando, salió del Salón de los Espejos. Al legar al portal, dio la vuelta, inclinó su cabeza, llevo sus manos al corazón y se despidió de los mil y un reflejos. “La paz sea contigo”, susurraron los ancianos en los espejos. “y con tu espíritu”, respondió Lau Nai Süan lleno de gozo.

"Si quieres que la paz reine en el mundo debes, primero, tener paz en tu hogar; y para que la paz reine en tu hogar, debes esencialmente vivirla en el templo de tu corazón."
Antiguo Proverbio Chino.

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